viernes, 16 de febrero de 2018



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La enredadera

Igual que una enredadera
que trepa por la ventana
asida fuerte a su muro
no hay ventisca que la arranca.
Así se agarran las cosas
que acontecen y que pasan
caminan hacía tu vida
y a tu corazón se enlazan.
Vivencias de desamor
de engaños y de añoranzas,
que te llegan, que te embargan
y te golpean con saña.
Caminando de rodillas
aunque siempre te levantas
y exhortándole a la vida
paz y una calma merecida.
Deseando a pies juntillas,
caminar, erguida, alta,
igual que la enredadera ¡Asida!
Trepar ¡Alta, muy alta!

Pura Martínez 18-9-2012
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CAMINO DE SANTIAGO 
 
Melancolía. 
Tarde de un aroma incomparable.
Huele a hierba, hay paz en los árboles.
Galicia está húmeda 
porque lloraron los ángeles.
Hay gotas de lluvia, resplandor de brillantes, 
el cielo se viste de blondas, tristes encajes reales.
Esta noche la tuna vendrá
para que cante al resplandor de la luna
que guía a los caminantes
que a Santiago llegan 
por que les hierve la sangre.
Roja amapola que hacia Santiago caminas:
 suelta tu pelo que el aire perciba tu aroma.
Leo en tus sueños que en el camino
 buscas un dueño.
Hacia Santiago enreda tu pelo entre eucaliptus, 
suspiros, que el aire mezcla con los trinos 
de ruidosas calandrias.
Si la tarde amaina, amanece el sol rojizo, 
contraste con tu vestido.
Qué suave y dulce se hace el Camino 
en el deseo, peregrino,
Santiago es el idilio. 
 
Mariluz Vázquez

jueves, 15 de febrero de 2018

UNA HISTORIA DE ENSUEÑO

Autora Teresa Prats

A menudo me resulta difícil conciliar el sueño y el insomnio revoluciona mi mente. La tenue luz de las farolas de mi calle, filtrándose por la ventana del dormitorio me revela que estoy despierta y el tic tac del despertador me recuerda el paso inexorable del tiempo. Los recuerdos se amontonan en el desván de mi memoria y desfilan, torpemente desordenados. Una serie de escenas se suceden como en el film de una película de la que soy inevitablemente protagonista.
A pesar de que han transcurrido muchos años - más de cincuenta - los recuerdos de mi infancia, asoman casi siempre y me sitúan a mi niñez, en una Barcelona gris, de mediados de los años cincuenta del siglo pasado. En un barrio donde la industria y el comercio eran una fuente de recursos para muchas familias de origen humilde que se trasladaron a la gran ciudad en busca de trabajo.

Yo vivía en una calle, de mucha animación. Aunque era poco ancha, para el tráfico que recibía; en ella transitaba un autobús que comunicaba los barrios de Pueblo Nuevo y El Clot. Popularmente, lo llamaban La Catalana. Durante el día, abundaba la circulación de camionetas que descargaban mercancías en las tiendas. Pero a partir de las 8 de la noche, sólo el citado autobús circulaba, - uno de ida y otro de vuelta, finalizando su horario a las 22 horas. A partir de entonces, sólo se podía oír los pasos apresurados, acompañados del golpe del bastón del Vigilante y también, del Sereno, que velaban por la seguridad del vecindario y, en muchas ocasiones prestaban ayuda en casos de avisos por enfermedad o algún que otro percance. Llevaban llave maestra de los portales de las casas.

En verano, cuando el calor había calentado las paredes y los tejados de las casas, y el fresco no entraba por las ventanas o balcones, algunos vecinos, sobre todo mujeres – los hombres preferían reunirse en el bar a jugar a las cartas u otro juego de mesa – bajaban a la calle con una silla o banqueta. Al estar cerca del mar, corría una brisa agradable, que, junto con el abanico proporcionaba un alivio a la sensación de bochorno. Mi madre no tenía esa costumbre. Quizá porque teníamos un gran balcón y estar en el primer piso, no muy alto. La recuerdo sentada, de espaldas, detrás de una persiana que descendía por la baranda. Hacía poco que mi padre había muerto y, pasábamos por una crítica situación.

Yo, bajaba a la calle a jugar con mis colegas – mi madre los llamaba la camarilla – lo pasábamos muy bien. No había coches, ni bicicletas ni motos, nada. La vía era toda nuestra. Los juegos eran de toda índole, pues nos mezclábamos los niños con niñas. Pero había uno en que participábamos todos entusiásticamente, la comba. También correr y atrapar. Terminábamos sudados y los padres que vigilaban, nos hacían reposar de vez en cuando. Nos sentábamos en el bordillo de la acera junto a ellos.

Mientras descansaba, acalorada, mis piernas estiradas, después de una larga carrera, jugando al escondite, escuché a la señora María, la abuela de mi amiga Rosita, que murmuraba sobre una muchacha, llamada Mercedes. La Merche – así se hacía llamar - era hija única, tenía una mercería en la misma calle. En aquel entonces tendría unos 30 años y las malas lenguas ya le pronosticaban que sería una segura solterona pues, además su físico era muy poco agraciado. Sus ojos eran salientes y sus dientes muy preeminentes. Como el oficio de mi madre tenía que ver con costura, era cliente de la mercería y mantenía muy buena relación con Merche.

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90 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA
 

IGNASI IGLESIAS i PUJADAS
Por Daniel Martínez
Ignasi Iglésias i Pujadas (Sant Andreu de Palomar 1871 – Barcelona 1928) fue un dramaturgo y poeta español, vinculado al movimiento del modernismo.
Su primer gran éxito lo consiguió con L'escurçó (1894). Hizo obras de clara línea ibseniana como L'argolla (1894) y Fructidor (1897). Se consagró con el estreno de diversas obras de éxito en el teatro Romea (Barcelona), como El cor del poble (1902), Els vells (1904) -que fue traducida a otros idiomas- y Les garses (1905). Con la venida del “noucentisme” entró en una crisis estética que le mantuvo un largo tiempo sin escribir. Finalmente, reapareció con dramas más aburguesados como La llar apagada (1926). Falleció en 1928 en Barcelona.
Sus poesías fueron publicadas en Ofrenes (1902) y posteriormente en otras ediciones póstumas.
El fondo Ignasi Iglesias fue cedido por la viuda del dramaturgo al Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona, en noviembre de 1930. Este fondo personal, catalogado por su viuda, consta de 56 obras impresas, 23 manuscritos y diversas carpetas con fotografías, críticas a sus obras de teatro, extractos de discursos y conferencias, entrevistas periodísticas, documentos relativos a homenajes, distinciones y adhesiones.
En su juventud vivió varios años en Lleida, donde su padre estaba destinado como jefe de Depósito de la compañía ferroviaria donde trabajaba. Fue allí donde el joven Ignasi se interesó por el teatro y fundó una compañía de aficionados llamada Sociedad Cervantes. Estrenaron la primera obra que él mismo escribió llamada, “La fuerza del orgullo” en 1886. En esta obra hizo todos los papeles: autor, director, actor principal, incluso pintó los decorados.
En 1888, ya en Sant Andreu y contra la voluntad de su padre que quería que estudiara para ingeniero, él se decantó por la pintura. Estudió en la Llotja donde tuvo como compañeros a Ricard Canals, Isidre Nonell, Joaquim Mir i Joaquim Sunyer.
Fue enterrado en el cementerio de Sant Andreu de Palomar.

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